Friday, December 17, 2004

¿Es necesario un parlamento sudamericano?

Jefes de Estado sudamericanos se han reunido para discutir las bases fundacionales de un gran mercado que supere las fronteras existentes, una iniciativa que despierta el entusiasmo por el libre tránsito de bienes, servicios, capitales y personas sin las odiosas trabas aduaneras. Sin embargo, este impulso liberador de energías puede ser sofocado por una propuesta que lo acompaña: la creación de un parlamento sudamericano.
Este congreso supranacional, a imitación del Parlamento europeo que se reúne en Estrasburgo, supone un costo que deberá ser solventado por los habitantes de este sufrido subcontinente. A las dietas de estos “diputados sudamericanos”, deberemos sumarles la creación de edificios, instalaciones administrativas, gastos de comunicación, papelerío, muebles y secretarios. Si a ello le adicionamos la infaltable presencia de la “patria asesora” con su legión de acólitos, familiares y amigos, el bolsillo promedio del contribuyente sudamericano verá mermado, una vez más, sus ingresos en beneficio de la burocracia. La Organización de las Naciones Unidas, con todos sus organismos y programas inoperantes, es un ejemplo de lo que no hay que hacer para unir a las naciones.
Un parlamento sudamericano supone que estos nuevos legisladores se abocarán a la creación de normas para todo el ámbito del nuevo mercado internacional. De este modo, emularán a sus pares eurodiputados que se empeñan en obstruir la iniciativa empresarial y la competencia de bienes y servicios en la UE, buscando “armonizar” mediante prebendas, cuotas y subsidios a sectores improductivos y poco competitivos. Lejos de propiciar un mercado libre, la manía legisferante de los parlamentarios sudamericanos –deseosos de protagonismo y de intentar demostrar su razón de ser-, se empeñarán en establecer reglamentos farragosos que corroerán la inversión y ahuyentarán a quienes genuinamente quieran asumir los riesgos de la actividad empresaria. Asistiremos a una inagotable competencia de discursos altisonantes, repletos de metáforas ardientes en fervor latinoamericanista, pero completamente inútiles para crear riqueza.
Una norma perjudicial será sumamente difícil de cambiar en un parlamento supranacional. La simple observación de lo que ocurre en los países involucrados, en los que es extraordinariamente complejo derogar los privilegios existentes, nos llama a ser prudentes al momento de otorgar nuevos poderes a quienes no han hecho más que vulnerar las libertades fundamentales, destruyendo la propiedad, erosionando el ahorro y espantando los capitales.
Los acuerdos de libre comercio, a pesar de la rimbombancia y apariencia auspiciosa de su denominación, pueden llegar a ser tratados para establecer nuevas barreras y fortalezas proteccionistas, alzando muros infranqueables para la competencia con bienes y servicios procedentes de quienes están fuera de esa unión aduanera. Esos castillos inexpugnables, erigidos en nombre de la libertad comercial, son baluartes construidos en defensa de un puñado de falsos empresarios que apresan a los consumidores con sus productos de baja calidad y precios excesivos. Flojera y abulia se apoderan de los actores que deberían competir, enervando la iniciativa, debilitando la mentalidad innovadora, invitándolos al sueño placentero de una falsa certidumbre.
¿Es necesario crear un parlamento sudamericano? Lejos, muy lejos de ser una necesidad, el parlamento sudamericano será un escollo para la creación de un gran espacio económico en el subcontinente. Será un pomposo asilo para ex presidentes, un bonito escenario para políticos en ascenso, y una propuesta perjudicial para los exhaustos contribuyentes de América del Sur.

*Ricardo López Göttig es historiador y novelista.

El sendero perdido de la Constitución.

Después de la batalla de Caseros, en 1852, en la que cayó derrotada la tiranía de Juan Manuel de Rosas, los argentinos emprendieron el camino de su organización constitucional en base a los principios liberales de respeto a los derechos individuales y a la propiedad privada, y la limitación al poder del estado. Se vencía a la opresión estableciendo el equilibrio de los poderes y el federalismo, dejando que la sociedad civil evolucionara libremente en la creación de su riqueza, cultura y bienestar.
El pensamiento de Juan Bautista Alberdi, Sarmiento, Bartolomé Mitre y otros intelectuales de la Generación de 1837, fue abandonado a principios del siglo XX por aquellos que creían ser portadores de una misión redentora, como el caso de Hipólito Yrigoyen, y por quienes se dejaron seducir por el uso de la violencia a la moda en Europa, levantando las banderas del fascismo y el autoritarismo.
Así es como el sendero sabio y prudente de la Constitución nacional, con su espíritu liberal, fue poco a poco dejado de lado y la Argentina se embarcó en experimentos autoritarios, estatistas, que vulneraron los fundamentos de la libertad individual.
¡Es posible retornar a esos principios de la Constitución! ¡Prestemos nuestro apoyo a quienes levanten la bandera de las libertades fundamentales!