Thursday, July 20, 2006

¿Por qué no 1943?

Por Ricardo López Göttig Para LA NACION

En su reciente discurso leído en la cena anual de camaradería de las Fuerzas Armadas, el presidente de la República enumeró los golpes de Estado que se produjeron en nuestro país, omitiendo dos: el de 1943, que derrocó al presidente Ramón Castillo, y el de 1962, que derrocó al presidente Arturo Frondizi.
La visión parcial del presidente Kirchner está estrechamente relacionada con su pertenencia al movimiento justicialista, que desde sus orígenes se identificó como el movimiento heredero del golpe del 4 de junio de 1943. Y es que este pronunciamiento militar, del que activamente participó el entonces coronel Juan Domingo Perón, se produjo para evitar la proclamación de la fórmula presidencial de Robustiano Patrón Costas y Manuel de Iriondo, cuya eventual victoria en las urnas en los comicios de 1944 hubiera significado el ingreso de la República Argentina en el campo de los aliados que combatían al eje nazi-fascista en la Segunda Guerra Mundial. La coalición opositora, llamada Unión Democrática, formada por la Unión Cívica Radical, el Partido Socialista y el Partido Demócrata Progresista, también demostraba su viva simpatía por la causa de los Aliados y la vigencia del Estado de Derecho y las libertades.
El golpe de Estado de 1943 no fue una asonada para sustituir gobernantes, sino para implantar por la fuerza un proyecto de dictadura nacionalista, inspirado en los ejemplos de la Italia fascista de Mussolini, la Francia del mariscal Pétain y la España de Francisco Franco, los países “espirituales” que luchaban contra las potencias materialistas encarnadas en Estados Unidos y la Unión Soviética. La adhesión de la Argentina a los aliados, para la visión nacionalista, hubiera significado combatir por una causa materialista, representada por la democracia capitalista y el totalitarismo comunista por igual. Este “espiritualismo” era, pues, la llamada “tercera posición”. La dictadura nacionalista de 1943 prohibió la existencia de partidos políticos, presionó fuertemente a la prensa independiente e instaló en el ministerio de instrucción pública al escritor antisemita Gustavo Martínez Zuviría, más conocido como Hugo Wast, quien reimplantó la educación religiosa en las escuelas públicas. Se persiguió al sindicalismo independiente y socialista, utilizando los recursos estatales para fortalecer a los gremios que se sumaron a la política distributiva de Perón. Sin embargo, debido al fracaso de los ejércitos del Eje en el escenario europeo, el régimen nacionalista debió finalmente rendirse ante las circunstancias de la política exterior y, muy tardíamente, rompió sus relaciones diplomáticas con la Alemania nazi, a pesar de sus evidentes simpatías con el eje totalitario.
El peronismo se proclamó heredero de este golpe de Estado, tal como lo declararon siempre sus voceros desde 1946 en adelante, que incluso establecieron la fecha del 4 de junio como feriado nacional. En sus propios términos, la “revolución nacional” había comenzado esa jornada de 1943. El proyecto nacionalista buscó destruir definitivamente los principios del orden constitucional liberal, algo que José Félix Uriburu intentó en 1930 con su idea de implantar el corporativismo en la Argentina. Es llamativo, entonces, que este episodio singular de nuestra historia política haya pasado inadvertido en el discurso escrito del primer magistrado de la República.

El autor es doctor en Historia e investigador de la Fundación Hayek.